martes, 6 de mayo de 2014

La Palabra dibujada- Ilustraciones

TE DIBUJO EN EL TIEMPO


Algún día tendré el agrado de mirarte a los ojos,
y decirte sin remordimientos que mis sentimientos me sugieren que te ame.
Será el miedo a descubrirte
o la brillante sensación de quedar obnubilado frente al calor de tus días.
En el tiempo se pierde, se escurre, la vorágine
de quien deja descansar en su vientre la infinita capacidad del olvido.
Se asoman tímidamente las frecuentes consecuencias
de la cotidianeidad hecha sentir.
Se obstruyen los pesares que en un tiempo agudizaron
las calamidades del desamor.
Ya no son fríos sino tibios los latidos que le dan vida a mi pecho.
Una simple corazonada o las ganas de compartir.
Todo se traduce en la ilusión de un beso,
la necesidad de un abrazo.
Es extraño extrañar a quien levita en el silencio del espacio,
entre las cortinas y las sábanas que abrigan a las solitarias noches.
Recorren los rincones un imaginario susurro
alimentado por la suavidad de tu voz.
Mil pasos más o solo uno.
Depende de la tenacidad de los encuentros.
¿Estaré preparado para afrontar las consecuencias de la pasión?.
Renacen las dudas. El temor de hallar en ti
la compatibilidad.
Más que palabras al aire o recuerdos de lo que no fue,
y la necesidad de que el amor se dibuje sin sombras.
Una afirmación anhelada o la exhibición
del corazón desnudo y rendido frente a las extremidades
que te idealizan en mi conciencia.

Federico Campos.


No estan solos...

Los mataron así, sin más: por piqueteros, por negros, por guachos, por atrevidos. Por salir a pedir explicaciones. Por pedirte que les digas, que les cuentes, por qué primero estaban los bancos y después los estómagos.

Escopetamatasueños. Ortivas.


¿La crisis causó dos nuevas muertes? Nosotros también queremos preguntar.

Allí no hubo balas perdidas. Tenían órdenes precisas de donde aterrizar. El jefe dio la orden y tu mano acató a raja tabla la obediencia debida. Después los titulares hicieron el resto.

Aquel 26 de junio nos mataron a todos. Pero nos mataron mal, porque como la cigarra, seguimos cantando.

Fueron momentos de espanto y desesperación. ¿Qué hacer? ¿Cómo volver? ¿Cómo seguir? ¿Cómo no odiar? Y la voz del poeta volvió a susurrarnos al oído: cuando se mata injustamente hay que armar la vida hasta los dientes y acribillar la muerte hasta la médula.

Eso hicimos. Con vida matamos a la muerte, a la muerte injusta, a la muerte de plomo. Y eso es algo que vos nunca vas a poder entender, porque estas acostumbrado a dar muerte y no a dar vida. Y es por eso que nosotros podemos decir a viva voz que ellos están con nosotros y no están solos. Porque están en cada barrio, en cada centro cultural que se abre, en cada comedor, en cada cooperativa, en cada olla popular… Están cada vez que nos juntamos para dar vida y acribillar a la muerte.







"PRIMAVERA"


Con un coraje indómito las flores se lanzan hacia su renacimiento. Juegan en los crepúsculos de un nuevo tallo el ajedrez perfumado que le hará un movimiento de reinas al tan déspota desflorecimiento de lo árido. Estuvieron anidando fantasías y rumores pedantes de histrionismo, subyugando el futuro tan próximo del perfume con el poder que siempre le confiere la húmeda proximidad del suelo con respecto a la cúspide de cada pétalo.

Reverdecen, enaltecen, tejen, aclimatan. Se citan religiosamente en cada extremo de pasto seco para conmemorar sus doctrinas de puro color y vicio de feromonas.

En un rapto de vaguedad, una cromosfera se sitúa en el centro de cada hierba. Las empalaga de brillo y magia, las transforma en un suceso multicolor que arde en lo más profundo de cada ojo, de cada imprecisión de mirar, de cada suspiro inerme que se presenta vencido en ese proceso multicolor.

Cae cada ventana rendida. Se abren sus persianas para que salga despedida la premeditación del resguardo.
Se vencen los herrajes y los baldes. En sus laterales nacen los paradigmas de nuevas gotas.
Se suicidan los homónimos. Los significados son únicos y sin parentescos.

Todo lo adormecido, lo aparentemente glacial, gira en busca de un destino fulgurante. Entonces es cuando entre ceja y ceja se teje una ola de arco iris, y las risas y las libertades se propagan explosivamente en los poros de cada ser vivo.


Federico Campos



"DE TANTO ANDAR POR ENCIMA DEL VIENTO"


De tanto andar por encima del viento,

me acarició el vuelo de un ave,
me redujo a cenizas el sol,
me postergó la lluvia,
las nubes me taparon el horizonte
y los colores del cielo me intimaron los ojos.

El cierzo me golpeó fuerte
y por el sur entró una caricia ruidosa
que se hizo eco entre tanto planear,
justo en el mismísimo ir y venir de aires.

A pesar de un todo,
por inclemente que sea,
nadie me quita esta introducción a lo libre,
este propósito incipiente
de tanto andar por encima del viento.



“GUADALUPE EN EL AIRE”


Tan alta estás que oís los tópicos de las aves, Guadalupe. Y cuando vas planeando junto a ellas te duelen los verbos y los sustantivos del aire, te los apropiás porque en ese momento el cielo es tuyo.

Te miro planear y sé que tu regodeo de alas es finito, momentáneo, exiguamente necesario.

Mientras tanto pongo los brazos en jarra y miro al cielo raso, le sonrío al aire porque de él yo también pretendo algo, alguna dádiva de las nubes devenida en vos.

Vas formando esa figurita que a mi tanto me gusta... Bailás de punto a punto, con el pelo hecho jirones de libertad, con los pechos armónicos, con tus propias razones.

Yo también quiero volar, pero es inútil, tengo los pies pegados al suelo, soy terracota y terrenal, una gravedad constante que da saltos para tocarte las manos cuando estás en pleno vuelo.

Ni un suspiro me eleva, y creeme que yo quiero volar tan alto como vos. Así que te reís, de esa forma tan lírica te reís, y me circundás el crisma para soslayarme los deseos.

A pesar de todo vos sabés de mis despojos y limitaciones. Sabés de mis ganas de tirarme de cara a la luna con vos para imaginar que ese espejo circular es una laguna y nosotros peces del viento.

Pero es en vano. Estoy atrapado en el légamo dejando volar otras cosas. Mi temblor, la carencia de alas, el recuerdo de que antes corrías me retuerce y digo: vendrá, vendrá.

Tengo los brazos en jarra y te contemplo libre. Venís en caída libre, directo a mí, pero hay un pliego en el aire, justo en el último tramo, que no me permite tocarte.

Estás tan alta, Guadalupe, que oís los tópicos de las aves. Yo te miro. No te toco ni te oigo, pero digo: vendrá, vendrá.



  Federico Campos.



 "CALLAR NO ESTÁ BIEN"


Piensa vagamente en lo sigiloso del silencio.
En que si un buen día las bocas se cerraran,
abría una posibilidad para todas las palabras,
y la ingrata melodía de no emitir sonido
formaría una síncopa y miles de notas
se enraizarían en los oídos que disfrutan
la composición de atonalidades.

La ciega garganta se callaría.
Sólo haría eco en el estómago
para cantarle al vientre
las valías del silencio
y los insospechables falsetes de los gritos omisos.

Calla y piensa:
y una absurda irradiación de voz lo toma por sorpresa.
Grita y canta:
y pensar vagamente en lo sigiloso del silencio
le resulta insano y degradante.

Por eso abre la boca bien grande,
traga aire,
y grita libertad sin síncopas ni atonalidades


La maldición de la muchedumbre

Y otra vez el hedor inunda las calles. La muchedumbre maloliente mal-oliendo Buenos Aires. La pulcra Buenos Aires. La de los intelectuales, la de las modas, la de las leyes, la de las vanguardias, la del buen gusto, la arquitectónicamente esbelta, la políticamente correcta.

¡Casa tomada!: la City usurpada por la muchedumbre excitada, sedienta, frenética, dispuesta a todo.

Desbordan calles y avenidas. Avanzan. Desprolija y desordenadamente, llevándose todo puesto: las modas, las vanguardias, el buen gusto, las leyes, los intelectuales, la política.

Con sus críos y sin sus muelas. Con sus sueños y sin modales. Gritan, saltan, se abrazan, se saludan, se ríen, se empujan, se amontonan. Dicen Vida.

El hecho maldito del país burgués a la vuelta de la esquina, incontrolable y más maldito que nunca.

¡Plaza copada! los monstruos otra vez están de fiesta.

Y hay quienes odian que los monstruos se junten, vengan a la plaza y hagan fiesta. Les repugna. Porque ahí la muchedumbre se visibiliza, es decir se hace visible. Y se transforma en un gran espejo que incomoda, porque al mirarlo nos devuelve nuestros rostros americanizados. Es decir que nos recuerda que somos hijos de la América. Que no es más que la revelación de que no tenemos ni un pelo de pulcritud y que las modas, las vanguardias, el buen gusto, la arquitectura y la política que nos protegían de ese vaho maloliente eran pura cáscara, porque en el fondo todos estamos hechos de ese mismo hedor que emana de la plaza y que abunda en nuestros barrios, nuestras fábricas, nuestras villas miseria y que tanto odio les genera a algunos.

Y junto al odio el miedo. Porque así como el amor nos hace valientes el odio nos hace temerosos. Por eso quienes odian también temen. Temen mucho por sus bienes, pero también por sus teatros, sus bares, sus cines, sus restoranes, es decir su exclusividad, su prestigio, su distinción. “¡Si se juntan y hacen fiesta, algo están tramando! ¡Van a venir por todo!” Entonces hay que invocar al Orden: botas, palos, rejas, topadoras, leyes de inmigración. Todos los conjuros para abatir la maldición de las muchedumbres.

Y uno se pregunta ¿cuál es la raíz de ese miedo? ¿Dónde nace tanto odio?

Y uno se ensaya una posible respuesta: será porque los bienes, el prestigio, la exclusividad y las leyes que amparan a “unos pocos” fueron paridos con la más cruel de las violencias hacia los “más muchos”. Será porque nada de lo que brinda tranquilidad a una buena vida burguesa sería posible sin el despojo de las mayorías. Y será porque un día esas mayorías van a venir a cobrarse todo lo que les corresponde, y tal vez algunos sientan que ese día está cerca. Podría ser.

Pero una cosa es cierta. Cada vez que las muchedumbres se juntan y hacen fiesta en la plaza es seguro que empiezan a hablar a viva voz de derechos, de conquistas, de sueños, de dar vuelta la tortilla y la mar en coche. Y brindan por la esperanza y el futuro, y comienzan a convencerse de que no son solo muchedumbre, sino que son pueblo, hijos de una patria que también les pertenece. Y si la patria les pertenece también les pertenece a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y entonces la van a defender con uñas y con dientes.

No hay tiempo. Se inquietan los chamanes del odio y del miedo. Hay que invocar al orden: botas, palos, rejas, topadoras, leyes de inmigración. Manotazos de ahogado. Al parecer la maldición avanza y más firme que nunca.


  Augusto Campos.


"MI MUNDO"


Algunos dicen que no conozco al mundo en su totalidad. Pero lo que esos algunos no saben, es que he contorneado los laterales de tu cuerpo con mis manos, he introducido mi nariz en la profundidad de tu ombligo, he navegado tu boca usando a tu lengua como mi vela, y tantos otros recorridos.

Sin dudas conozco al mundo, y no saben qué bonito es de esa manera.
 


 Federico Campos.




"Confesión de un árbol en otoño"

Erguido e incompleto miraba con prepotencia mis despojos verdes devenidos en una amarilla mortandad. Contemplaba en la altura, con mis firmes extensiones, los pocos vástagos que me aseguraban una plena avidez arbórea.

Y mi ínfima delicadeza, lo que me quedaba, no era suficiente. Me sentía esquelético y ramplón, pues, ¿dónde ha quedado mi frondosa ofrenda de vida?

En esa parcela nimia, cuasi selvática, colgaban mis brazos como los de cristo en la cruz, se me precipitaba el mal augurio, un cambio de época, la triste pérdida de la esencia en el ciclo de los enclaves climáticos.

La aventura del tiempo no era mi ventura. El desasosiego del viento no era mi trasgresión. Estaba preso entre los bordes de algo cúbico, inmerso en una angular fertilidad que parecía frenar mi magno crecimiento.

Así rompían mi complexión las azarosas confesiones del rodaje de las estaciones, la de cada año, pura greda y légamo, vociferando (en el lenguaje de la flora) un vaticinio previsto por la sabia naturalidad de lo natural.

En otro lugar seguro habrá un espacio para enraizarse con más vehemencia en estos tiempos, o quizás no, no se puede afirmar con seguridad que haya en el mismo orbe una circunstancia uniforme, una misma estabilidad o una perpetuidad de momentos.

A pesar de que miro con una tristeza que me desnuda y que me pone al dorso del paisaje, sé que después de este exhibicionismo de hojas desvanecidas y diseminadas sobre el suelo, ya no habrá necrófilos que gocen con mi muerte. Ya vendrán otros tiempos, y con ellos, mi total entereza, el ego y la belleza, para deleitar a mis congéneres o simples admiradores con la naciente hermosura de mi fortaleza.

Mientras tanto siguen girando los vientos y el enojo de las nubes. Yo, aquí, de pie todavía, soportando un cambio y despidiendo a quienes supieron adornarme. Vendrán otras y las querré de igual manera, aunque cada una tiene su particularidad y se ubican indistintamente sobre estas protuberancias mías que son su púlpito.

Las inclemencias del tiempo degradan mi exterioridad, el interior sigue siendo el mismo. A veces hay armonía entre lo visible y lo no visible, siempre hay épocas en donde estoy alegóricamente frondoso. Precisamente esta etapa no lo es, igualmente no me importa, se que a largo plazo volveré a nacer como un fénix, aunque el corto plazo me haga crepitar los deseos.

Por el momento silencio y respeto. Lloraré a quienes me circundan estáticamente. Así de desnudo estoy y así de desnudo estaré hasta que este tramo pase.





Federico Campos


 Pretérito


El pasado muerto
amaga resucitar
yo con miedo a dormirme por la noche
y con miedo a no dormirme.
Esta ansiedad
estas mas de 200 líneas
que conectan a la quietud distante.
Mi serenidad,
muerta a escasos metros.

crueldad de los días
esta imprevista emboscada
que haré cuando vuelva a las ruinas de la paciencia
a encontrar que has partido
¿Cómo podré volver a mi vida anterior?
¿que tan anterior es lo anterior?




 Las pinzas del pánico

Las pinzas del pánico me arrancan las uñas
yo no quiero morir si no te tengo
yo no quiero morir cuando me dejas solo
no quiero que los ojos se me estallen
protegeme del silencio
protegeme de la mentira
Los nervios se me adhieren...
al barro de la incertidumbre.
Que gaseen a tus historiales sadomasoquistas,
no quiero morir si te vas
y me quedo con mi pena,
no quiero morir si hablar
con el otro me condena,
no quiero vivir atado al miedo.
La morada del lenguaje
nos esta quedando pequeña.
Vámonos, el riel indica los caminos.
Vámonos, o resignémonos al amor cobarde
¿Qué mas quiero, si se explotan
mis pupilas, que se me exploten
en vos?


Lautaro Colautti



 ¿Y si empezamos por los pies?

Crecen los mejores amores
crecen desde el pie,
para sus colores, las flores
crecen desde el pie.

Crece desde el pueblo el futuro
crece desde el pie,
ánima del rumbo seguro
crece desde el pie…

(Alfredo Zitarrosa)

Uno de nuestros grandes problemas, creo, es que la mayoría de las veces empezamos a pensar nuestros problemas desde la cabeza (y a veces solo con ella), olvidando el resto del cuerpo. Y eso a simple vista parecería estar bien y no tener nada de raro, porque así es como lo hace la ciencia y lo enseña la universidad.

Es más, seguramente éstas primeras líneas hacen inevitable una inmediata interpelación: “Y con qué querés que pensemos, ¿con las patas?”

Y la verdad que a veces pienso que eso no sería una mala idea. No se si pensar solo con las patas, pero tenerlas presentes y saber que todo empieza por ahí.

Los pies están directamente conectados con la raíz. Y decir raíz es como decir de dónde venimos, y saber eso es condición indispensable para saber a dónde queremos ir. No podemos saber a dónde vamos si ignoramos de donde venimos. Y si queremos saber de dónde venimos, la respuesta está en los pies.

Hundimos los pies en la tierra, en el barro, ese es nuestro primer contacto. Y ahí empieza todo. El barrio, el potrero, la esquina, la plaza, el laburo. Y somos todo eso porque somos nuestros pies, que es algo así como decir que somos lo que hacemos.

Pensar con los pies es como pensar desde el lugar donde estamos parados, pensar desde nuestras raíces, desde lo que somos. Y eso, sin duda, nos condiciona, porque desde ahí vamos a ver al mundo y a nosotros mismos.

Y cuando empezamos a ver al mundo olvidándonos de nuestros pies, que es como olvidarse dónde uno está parado, empieza la gran confusión. Y comenzamos a andar a los tumbos, como diría el viejo Jauretche queriendo amoldar nuestras cabezas a sombreros que nunca nos van a quedar del todo bien, porque fueron pensados para otras cabezas que tenían sus pies enraizados en otras tierras.

Y así empezamos a notar que ni halloween, ni la economía política, ni el traje de agosto que Papá Noel usa en diciembre, ni las grandes teorías filosóficas “universales” logran cuajar del todo bien con nuestra realidad sudaca. Y entonces nos comportamos como los chicos cuando se encaprichan en poner una pieza de su rompecabezas en el lugar equivocado y que terminan, a fuerza de presión, encastrándola igual auque sepan que ahí no iba, o al menos que en otro lugar entraría mejor.

Y con todo esto nos viene esa gran frustración de saber que nunca vamos a llegar a ser como la Europa, la bella y moderna Europa, o como Norteamérica, o por lo menos como algún país “un poco más serio” que el nuestro. Y con la frustración viene también el odio. Odio a un país que parece vomitar la “modernización” y el buen gusto por “bárbaro y salvaje” y que por perezoso jamás va a salir de esa condición.

Por eso digo que una buena idea sería comenzar a pensarnos y pensar nuestros problemas con todo el cuerpo y no solo con la cabeza. Y animarnos a cambiar un poco el orden de los factores, sin temor a que el producto salga alterado. Empezar primero por los pies, seguir por el corazón (porque no hay pensamiento sin pasión) y luego si, al final del recorrido llegar al “marulo”.

Augusto Campos.



Un dia cualquiera

Un día, después de no se cuantas eternidades volvieron a verse. A pesar de la nieve en su pelo, y las arrugas en las manos, ella conservaba el espíritu fresco. La profundidad en su mirada era la misma, y aunque haya pasado el tiempo su caminar seguía inconfundible: desarticulado y torpe.

Él, flaco y desgarbado como de joven. Ya pocos pelos resistían en su cabeza. La barba desprolija seguía siendo su marca registrada. Sus anteojos delataban años de mucha lectura. Había optado por una vida tranquila, al menos en sus últimos años, pero mantenía esa postura de parecer siempre preocupado por algo y de estar observando todo el tiempo lo que pasa a su alrededor.
El re-encuentro fue en la casa de él que (muebles más, muebles menos; adornos más, adornos menos) seguía siendo la misma que ella guardaba en la memoria.

Durante toda la tarde se encontraron y reencontraron en historias del pasado. Tomaron mate, hablaron de la vida, de la música, de lo que cada uno había vivido sin el otro. Se los veía adultos, responsables, superados, con aires de haber comprendido que aquello que alguna vez los hizo ser uno solo, era hoy una anécdota.

De pronto ella posó la mirada sobre la pila de libros que se amontonaban en una esquina de la casa. Notó que había algo allí como intentando esconderse. Creyó que podía ser un engaño de la percepción. Sacudió sus ojos y volvió a mirar. Y comprobó la sospecha. Él se percató de la secuencia y procuró hacerle una seña a eso que ya era inocultable.

- ¿Qué es eso que está detrás de esa pila de libros? Preguntó ella.
- Nada. Respondió él con el nerviosismo de alguien que se sabe descubierto.

Ella, obviamente no conforme con la respuesta, y conociendo la cualidad de él de hacerse el zonzo frente a preguntas incómodas, se acercó hasta la pila de libros y descifró el misterio. Era una caricia. Pequeña, sencilla, con esos ojos de “yo no fui” que, según dicen, caracterizan a las caricias.

- ¿Para qué guardas una caricia entre tus libros? Preguntó ella como sabiendo la respuesta.

Él recurrió al silencio, pero frente a la mirada inquietante de ella no le quedó más opción que responder. Y con la resignación de alguien al que se le descubre una parte de un secreto y tiene que terminar por develarlo todo, le dijo:

- No está sola.

Entonces se acercó a un cuadro de Miró, que decoraba una de las paredes del comedor, y lo descolgó. Escondido detrás de la pintura se encontraba, medio aplastado y algo polvoriento, un beso.
Ella lo miró con ojos de asombro. Él la miró con ojos de disculpas. Y como queriendo justificarse le dijo:

- Los guardé por las dudas. Temía que el tiempo y la vida se lleven a todos. Uno nunca sabe. ¿Mirá si volvías? No quería recibirte con las manos vacías.

Se hizo un silencio, que nadie sabe bien cuanto duró. Ella lo volvió a mirar, y ahora sus ojos eran los que pedían disculpas. Metió su mano en el bolsillo y sacó algo que mantuvo escondido por unos segundos. Lentamente desnudó el secreto. Él lo reconoció enseguida. Era un “nunca te olvidé”. Ella, ahora sin mirarlo, argumentó:

- Perdón, pero yo tampoco quería llegar con las manos vacías.

Augusto Campos


Ellas,las que hacen... 

Ellas que hacen, que siembran, que encienden, que paren, que nacen. Que denuncian, que anuncian. Que tejen, destejen y tejen. Que aguantan, que amamantan, que miel, que leche, que caminos, que puentes. Que inventan, que reinventan, que construyen, que rehacen, que destruyen, que renacen…

¿Qué hacen? ¿Qué siembran? ¿Qué encienden? ¿Qué paren ¿que nacen? ¿Qué denuncian? ¿Qué anuncian? ¿Qué tejen, destejen y tejen? ¿Qué aguantan? ¿Qué amamantan? ¿Qué miel? ¿Qué leche? ¿Qué caminos? ¿Qué puentes? ¿Que inventan? ¿Qué reinventan? ¿Que construyen? ¿Qué rehacen? ¿Que destruyen? ¿Qué renacen?...

VIDA.

Augusto Campos* Dedicado a todas esas compañeras que de las derrotas, vaya a saber uno cómo, inventan y reinventan primaveras.


Augusto Campos




 Ponemos el cuerpo



Lo ponemos y reafirmamos la vida frente al oprobio, frente a la injusticia, porque con el cuerpo decimos el amor y con el cuerpo cantamos la esperanza.

Ponemos el cuerpo frente al olvido, frente al silencio. Porque el cuerpo habla, manifiesta, cuenta, narra. La carne guarda nuestras angustias y nuestras alegrías. Ponemos el cuerpo para decir presente: Presente, pasado y futuro.

Ponemos el cuerpo. Siempre ponemos el cuerpo.

Y se lo ponemos a las balas, pero también a los besos. Lo entregamos a la muerte, pero más lo entregamos a la vida, a la vida profunda, a la vida que se lucha y que se disfruta de a dos, de a tres, de a cien.

Ponemos el cuerpo y somos nosotros.

Amamos, odiamos, luchamos, sentimos, creamos, soñamos la patria… y en todo eso anda el cuerpo.

Augusto Campos.



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario